Diego Alexandre. Bajo sospecha

Bajo sospecha, la exposición de Diego Alexandre en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, se presentó dentro de una sala modificada para la ocasión. Un gran paisaje unificado bajo una misma línea de horizonte, vista a través de ventanas. El efecto podía ser hipnótico, meditativo o incluso marear, pero sin dudas fue capaz de entretener, como si se tratara de un acuario sobre la tragicómica existencia del hombre.

La exposición transmitía una sensación que todos sufrimos en algún momento: esa leve paranoia, aún lejos de su condición clínica, que se filtra en la cabeza para crear representaciones persecutorias, en general desviadas de la realidad.

Las situaciones propuestas por Alexandre ocurren en ambientes sociales recreativos y generalmente recargados, como el bar, la calle, el gimnasio o la playa. En ellas, un personaje solitario es perseguido por los fantasmas que pareciera provocar una pareja a sus espaldas y en constante movimiento, como si se tratara de una sensación circular, recurrente, difícil de frenar y ubicar a pesar de su lentitud casi de tedio.

Su figuración lineal y diáfana, de un realismo entre freak y disparatado, impone su personalidad ante la herencia de grandes pintores argentinos como Ricardo Garabito, Pablo Suárez o Marcia Schvartz, y se mezcla con otra de sus obsesiones: una electrónica amateur que transforma a sus imágenes en cajas mágicas de luz, movimiento o sonido. El artista se transforma así en un inventor de barrio que, con un motorcito de microondas, un par de roscas y el caño del perchero, puede construir una suerte de diorama decimonónico.