Ucronías de Malvinas Andrés Aizicovich

1992. Tengo siete años y dibujo. Una peculiaridad, dibujo las noticias. Mientras mi
familia mira el noticiero a la noche, yo ilustro lo que veo. Pero en abril del año 92
hay una excepción. Motivado, al parecer, por el décimo aniversario de la guerra de
Malvinas, dibujo al ejército argentino volviendo al continente tras la contienda,
triunfal. Curiosidades de mi imaginación, los soldados, algo maltrechos, pero con la
frente en alto, descorchan champán, tiran disparos al aire (¡!), otros arrojan confeti
celebrando la victoria sobre los británicos. Sin saberlo, sin tener idea de quién es
Philip K. Dick, soy un autor precoz de la ficción ucrónica, contrafáctica. Tengo siete
años y, en mi irreverencia infantil, me le animo al tema más urticante para el arte
argentino, ¿qué se puede hacer con Malvinas? El tema Malvinas destila
incomodidad. Parece un imposible abordarlo sin caer en lo panfletario, lo didáctico,
lo denuncialista, lo patrioteril. Como tema provoca rechazo y magnetismo por su
incorrección. La lucha por la soberanía de las islas forma parte de la agenda
progresista y a la vez es vindicada por lo más rancio del nacionalismo. Es el tabú
absoluto de nuestra cultura, la guerra que no aconteció.

Por una casualidad, llega a mi conocimiento la existencia de un Fondo Malvinas:
esto es, una colección de pinturas, collages y dibujos reunidos por Jorge Glusberg a
partir de 1982 para el acervo de lo que sería un futuro museo dedicado a las Islas
(que tardaría otros 32 años en inaugurarse). Los años pasan, perezosos. Las obras
quedan olvidadas, el proyecto queda trunco. Por cuestiones burocráticas, el museo
proyectado queda paralizado y, en 1988, las piezas son donadas por Glusberg y la
Asociación Argentina de Críticos de Arte al patrimonio del Museo de Arte Moderno
de Buenos Aires, esperando su momento para salir a la luz, no ya como un paquete
de obras malvinenses, sino como una incorporación corriente a la colección. Los
pasadizos y las bodegas de las instituciones públicas me hacen pensar en las
trincheras de Los Pichiciegos, la novela de Fogwill. Reviso las obras y sorprenden
las firmas y las imágenes, de lo más eclécticas. Ahí donde esperaba encontrar alto
impacto dramático, denuncias gráficas de los horrores de la guerra, sentidos
subrayados, encuentro más silencios que declamaciones. Hay surrealismo y
metafísica pampeana en Mildred Burton, Liberando Claride, Lucía Pacenza, Rafael
Bueno, Alfredo Spanpinato. Un paisaje barroso rioplatense de Juan Doffo.
Figuración con alguna fuga fantástica en Renata Shussheim, María Raffaele. Pura
abstracción lírica en Kenneth Kemble, Mabel Eli, Hugo de Marziani y Rogelio
Pollesello. Pinturas intimistas y melancólicas, rascadas del fondo de los talleres. La
propia colección emana el escozor, la alergia que provoca asumir el tema. Y
después, las excepciones, donde la saña se centra más en la figura de Margaret
Thatcher que en Galtieri: en las tapas de la revista Tal cual intervenidas por Carlos
Uria (con titulares como “La Dama de la muerte” y “La Thatcher, peor que Hitler”) y
en el más conocido anteproyecto de Marta Minujín para una escultura monumental
de Margaret Thatcher, con latas de Corned Beef. Las metáforas directas parecen
agotarse en un “grito” de Elsa Soibelman y en el camuflaje militar de una pintura de
Ernesto Bertani, para volver al silencio austero de los paisajes, la abstracción, el
surrealismo. Temáticas sumarias del arte que circulaba comercialmente en la época,
obras que podemos encontrar reproducidas lujosamente en los fascículos de
Pintores argentinos del siglo XX, impresos por la editorial Seal y por el Banco Velox.
El llamado Fondo Malvinas, como ¿colección?, ¿mero rejunte?, es un conjunto de
piezas aunadas originalmente con el objetivo de formar parte de un museo que
quedó durante décadas en estado flotante. La colección como un limbo dentro de
otro limbo. Las tramas burocráticas e institucionales, el rechazo a afrontar el
episodio traumático de una guerra a la que todos le dieron la espalda con el
advenimiento de la democracia, todo conspiró para la omisión, la apatía o la
indolencia. Para el arte argentino, Malvinas permanece tras un manto de neblinas,
en un estado vaporoso, gaseoso e inaprensible, en el que solo algunas contadas
aventuras foquistas se le atrevieron a la inercia del olvido (la Falklands Crush Saga,
de Lux Lindner; las pinturas del ex combatiente Daniel Ontiveros; el Teatro de
Guerra y Campo Minado, de Lola Arias; la muestra clandestina de Santiago de Paoli
en Puerto Argentino; el caso del pintor kelper naturalizado argentino, James Peck,
cuyas obras se pudieron ver en algún arteBA lejano).

Imagino ahora mi propio Fondo Malvinas con artistas de mi generación: me
prefiguro pinturas y objetos desorbitados de Toto Dirty, de Laura Códega, de Martín
Legón. Como a los siete años, vuelvo a la ficción ucrónica. La imaginación repara lo
que no existe en la Historia, pero puede existir en el arte.

Andrés Aizicovich
Abril de 2021

Las siguientes obras fueron donadas por la Asociación Argentina de Críticos de
Artes en 1988:

  • Lucia Pacenza, De la serie del observador, 1979, lápiz grafito sobre papel, 75 × 55
    cm.
  • Alfredo Spampinato, Paisaje con sol, 1973, óleo sobre hardboard, 59 × 79 cm.
  • Juan Doffo, A lo ancho del paisaje, 1982, acrílico, óleo y collage sobre hardbord,
    100 × 150 cm.
  • Mabel Eli, Mutación del lenguaje, 1981, técnica mixta sobre papel, 64,5 × 79,5 cm.
  • Marta Minujín, Margaret Thatcher de corned beef, proyecto, 1982, tinta sobre papel,
    100 × 69 cm.

La siguiente obra fue donada por Jorge Glusberg:

  • Carlos Uría, La Sra Thatcher, 1982, técnica mixta, 106 × 82 cm.
EXPOSICIONES PRESENTES
Una llamarada pertinaz: la intrépida marcha de la Colección del Moderno
Nicanor Aráoz: Sueño sólido
Diana Aisenberg: Mística robótica en la economía de cristal
Cotelito: Vuelvo como un jardín después del invierno